Cuando se acerca un cumpleaños, algo en mí se activa. Empiezo a pensar en los detalles: la cena, los platos, las copas en lugar de los vasos. Busco que todo combine, que sea visualmente lindo y sobre todo cómodo. Es algo que disfruto preparar — principalmente para mí, porque me gusta que la gente que quiero se sienta bienvenida y especial.
Pero me pregunto: ¿por qué espero el cumpleaños?
Hace un tiempo, después de pasar por una situación de salud, empecé a revisar un montón de cosas. Una de ellas fue esta idea que cargo sin haberla elegido: "lo guardo para ocasiones especiales".
Es un concepto heredado. Viene de familia, probablemente de generaciones que sí necesitaban guardar, cuidar, reservar. Y lo repetimos sin pensarlo mucho, como si todavía tuviéramos que justificar el uso de las copas buenas.
Pero si lo pienso bien, no existen las ocasiones especiales. Todas deberían serlo.
Sé que suena a cliché. Lo sé. Y sin embargo es así.
Armar una mesa linda un martes a la noche no te consume tiempo. No te cuesta dinero extra. Con lo que tenés — seguro, seguro — podés hacerlo. No es una cuestión de recursos.
Es una cuestión de amor. Solo eso.
Un mimo para vos, para los que se sientan con vos, para ese rato en que la comida es la excusa y la compañía es lo que importa.
Si tuviera que convencerte de una sola cosa sobre tu casa, sería esa: no guardes las copas para las visitas. Las visitas ya están. Son los de siempre, los del martes, los del domingo sin plan.
Poneles las copas igual.
Verónica.
