Estoy leyendo Una habitación propia, de Virginia Woolf. Hay una frase que no se me va de la cabeza: que para crear, para pensar, para ser una misma, hace falta un espacio propio. Aunque sea chico.

Y pensándolo, no hace falta que sea una habitación entera. Yo tengo dos rincones así: uno en casa, y otro que es mi escritorio en el trabajo. Los dos son míos en el sentido más simple de la palabra — ahí soy yo, sin negociar con nadie más.

¿Qué hace que un rincón sea realmente tuyo? Para mí son los detalles chicos: algo de verde siempre suma, una planta, lo que sea. Y si le da sol, mucho mejor — cambia todo. Después, cada una sabrá qué necesita para sentirse cómoda ahí: una silla que sea la indicada, algún objeto que le guste mirar, el orden a su manera.

Algo que pienso seguido: cuando hay hijos en casa, sus espacios están clarísimos. Su cuarto, sus juguetes, su lugar — y eso se mantiene a medida que crecen, nadie lo cuestiona. El nuestro, en cambio, es un poco de todos. Así que dale, date el permiso: marcá tu rinconcito.

Y ese espacio tiene que servir para algo tuyo. Para escribir, dibujar, pintar, coser, tejer, leer — las opciones son infinitas. Lo importante es que sea el lugar donde hacés lo que te gusta, sin justificarlo ante nadie.

No hace falta reformar toda la casa para sentir un cambio. Se puede empezar por un espacio propio — un rincón, una silla, un escritorio — y ahí sí, animarse a que sea completamente tuyo.

Porque al final, todos necesitamos un lugar que sea solo nuestro.

 

Verónica.