Cada vez que armo la vidriera pienso en lo mismo: que quien la mire pueda ver un pedacito de Pettish. Pero sobre todo, que pueda imaginarlo en su casa.

Por eso armo los productos en situación. Si hay una copa, va acompañada de platos. Si hay un bowl, tiene algo adentro. Porque es mucho más fácil visualizarlo en tu propio espacio si lo ves armado, en contexto, como si ya viviera en algún lugar.

Lo que noto en el local es que nuestros clientes son decoradores en potencia. Saben lo que les gusta, tienen ojo, pero a veces les falta un empujón para animarse a jugar un poco más con los espacios. Nosotros aprendemos de ellos tanto como ellos de nosotros — y eso me gusta mucho.

Yo no soy profesional. Aprendí mirando vidrieras, tomando consejos, probando. Y sigo aprendiendo cada vez que armo una nueva.

Mi método, si se puede llamar así, es bastante simple.

Primero pienso en que haya surtido de productos. Después mezclo materiales y colores. Y lo que más me importa — y donde más aprendo — es jugar con las alturas. Algo alto, algo bajo, algo en el medio. Eso es lo que le da movimiento a una composición, lo que hace que el ojo recorra el espacio en lugar de quedarse clavado en un solo punto.

Y después muevo, pruebo, cambio de lugar. Mezclo texturas. Si algo no me convence, lo saco. Si algo me gusta mucho, probablemente quede para la próxima vidriera.

O para mi casa.

Porque así también va cambiando mi casa — no por tendencias, sino por momentos personales. Si hay niños, si hay mascotas, si hay hobbies. La deco no tiene que ser perfecta ni coherente con ningún manual. Tiene que ser tuya.

Eso es lo que aprendí armando vidrieras: que con los espacios y los productos se puede jugar mucho más de lo que creemos. Solo hay que animarse a mover las cosas de lugar.

 

Verónica