La primera vez que me puse delante de cámara, estaba con mi hija.

Sabía que quería contar y mostrar — tenía la experiencia, sabía cómo se usaban los productos, sabía de qué se trataba todo. Y sin embargo ahí estaba, dándole vueltas. Con ella haciéndome el aguante detrás de cámara, logramos, después de muchísimos intentos, lo que fue el primer video.

¿Qué sentí? Nervios. Vergüenza. Algo de ansiedad. Una mezcla de sensaciones que ni yo sabía bien cómo nombrar.

Lo que más me frenaba no era no saber. Era el miedo a la opinión ajena.

Quería esperar a que estuviera perfecto. Y ahí estaba la trampa: esa excusa perfecta para seguir pensando que eso era lo que buscaba, cuando en realidad era la excusa para no empezar a hacer.

Cuántas veces nos pasa lo mismo. Esperamos el momento justo, las condiciones ideales, sentirnos "listas" — y ese momento no llega nunca, porque no existe.

Cuando por fin me animé, me di cuenta de algo simple: no sale perfecto. Hay cosas para mejorar, siempre las va a haber. Pero mientras haya algo para decir, lo demás se corrige, se mejora. Se aprende haciendo, no pensando.

Si le pudiera decir algo a mi yo que vivía postergando, sería eso: dejá de pensarlo tanto y animate.

Vos también. Dejá de postergar y empezá. Las clases de manejo. El curso de cocina. Ese idioma que querés aprender hace años. Escribir.

No hace falta que salga perfecto. Hace falta que empieces.

 

 Verónica